| El factor futuro |
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| Escrito por Alfonso Chase |
| Lunes 08 de Marzo de 2010 05:00 |
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El futuro es un lugar, un sitio, una posibilidad que apenas existe definido. Nada puede trazar sus límites, pero sí sus limitaciones, que no son lo mismo. De allí que sea importante tener claro lo que se llama factor futuro. Se dice que vivimos en la era macroindustrial aunque en verdad grandes mayorías viven, sobreviven, subsisten, en espacios temporales en los cuales la miseria se extiende y las oportunidades de salir de ella son cada vez más difíciles. Algunos otros, dentro del factor futuro, siguen hablando de la Utopía como un espacio que está en alguna parte y siguen sacrificando a la idea los recursos más importantes del pensamiento, creando burbujas donde también sobreviven, no tan trabajosamente como suponemos, pero si aferrados a ese futuro inerme, al cual nunca se le agregan el pasado y el presente. Eso ocurre con nuestros políticos, comentaristas, dialogantes, que hacen del lenguaje una perorata y del discurso una retórica de pretensiones apocalípticas. Un dos por ciento (2%) de nuestros niños tienen habilidades especiales que los colocan como excepcionalmente dotados para surgir en la vida con creatividad, empeño, consciencia individual y social, pero muchas veces se les tiene por extrovertidos o inquietos, los niños ritalinizados, sujetos a la experimentación de la superchería pedagógica, esas grandes expectativas de los educadores que no se cumplen nunca. Es obvio que el factor futuro apenas los roza porque se les aplica un igualitarismo lato, que los trata de remitir a una normalidad insípida, donde el rasero se aplica mediante la aplicación de que las que rigen al mundo deben aplicarse para todos, evitando que se alce la cabeza, no para cortarla, sino para bajarle el piso y nivelarlos. Igual ocurre con los jóvenes. Cualquier tendencia a una superioridad intelectual, a una manera diferente de ver y hacer el mundo, los remite al desprecio de ser considerados aburridos, demasiado indagadores, aislados y hasta autistas, cuando la verdad de esos pocos es que no quieren compartir la mediocridad ambiente, la vulgaridad de una cultura del contentamiento, la improvización, el vacilón impuesto como conducta a expresar, y menos el interés por la ciencia, el lenguaje, la música refinada, las costumbres educadas y la sana rebeldía de no ser medidos con el mismo rasero. Ya Omar Dengo, en los años 20 del siglo pasado se había referido al tema, poniendo como ejemplo a sus propios estudiantes, algunos de los cuales le mandaban cartas, un tanto desoladas, poniendo sobre la mesa lo que la escritora Yolanda Oreamuno hizo al final de los años treinta, al referirse a la educación que se estaba impartiendo, luego de que las reformas y los métodos de Brenes Mesén y García Monge habían sido tirados al cesto de la basura, y los experimentos de Carmen Lyra, y sus colaboradoras, habían sido cercenados de tajo. La ramplona educación que hemos vivido en la formación de los educadores, muchos de los cuales tiene pomposos títulos pero carecen de la inquietud pedagógica, que fue norma minoritaria en la antigua Escuela Normal, centro de formación de grandes educadores, con pensamiento y proyecciones experimentales, antes de que fuera desmontada para transformarla en otra cosa, o de que de su destrucción saliera una especie de ornitorrinco, que impuso su manera de ver y sentir el mundo, bajo la dictadura no tan blanda de nuestra amiga Emma Gamboa, a la cual no hemos estudiado todavía lo suficiente, en lo bueno y malo de sus estructuras mentales, que dominaron tantos años a nuestra enseñanza, con la continuidad de sus discípulos, incapaces de modificar tema alguno de la instrucción pública. Los huracanes de ideas siguen vigentes desde fines del siglo pasado, fuera del país, y en muchos casos afectan positivamente a la educación pública y privada. El proceso de imposición del neoconservadorismo hirió de manera tan honda la educación pública, que en lugares como los Estados Unidos, Francia o Argentina apenas se están recobrando de ese sismo que mandó a la jubilación prematura a notables educadores, silenció a otros, o los convirtió en apología de una supuesta neutralidad de la educación, en la formación de hombres y mujeres. La reacción de los opositores a estas acciones neoconservadoras no tuvo el impulso real de detener la avalancha, dentro y fuera del sistema político, que es también educativo, de todas estas ideas de privatización y el privilegiar a la enseñanza privada por sobre la pública, dado que fueron sus testaferros, algunos o, predicando las ventajas de la educación pública, enviaron a sus hijos y nietos a la privada, principalmente en exclusivos colegios, en los cuales se cultivan las relaciones sociales, se establecen los matrimonios del futuro o los enlaces interfamiliares, para darle fuerza a esa clase de nuevos ricos, algunos, realmente el lumpen de la burguesía, en sus costumbres y aspiraciones. Asistí hace unos días a una especie de diálogo, en un colegio privado, sobre la reciente campaña política. Me llamó la atención que el centro de la discusión estuvo centrado en los costos de la campaña más reciente, que alcanzó más de los $35 millones de dólares, en total, siendo en 1986 de apenas $8 millones de dólares, más ahora las listas de los contribuyentes de todos los partidos, los aportes no contabilizados, el trabajo voluntario, los sueldos de algunos ejecutivos de la campaña, más otros rubros, y al hecho que en la exposición, y no estuvo mal, todo el sistema político electoral de los partidos fuera concebido como una empresa, la promoción de la ideas como un mercadeo y cómo debe ser el sentido de que la seguridad, la no alteración de nada trascendente, fuera del interés más claro de los votantes a la hora de emitir su derecho., De nada sirvió a los nosotros, expositores, hablar de biogénesis, cybergénisis, la colescencia y la vitalización del ser humano, la definición de lo que se llama, ahora, del Humaniverse, esa idea planetaria del hombre y la mujer. No había allí batalla por el futuro sino la idea que la próxima campaña, la del 2014, iba a costar mínimo, unos $55 millones de dólares, y los grandes benegiciarios iban a ser las compañías de telemedios, los diarios y la radio, más las empresas de publicidad ingeniándoselas para sacar las ideas necesarias y venderlas al público. Como nadie opinó avalizando realmente la campaña, en sus aspectos positivos o negativos, a todos nos quedó claro que el prestigio personal, la seguridad, la paciencia histórica son para los costarricenses el factor del presente y que en las mentes de las mayorías el Factor Futuro no existe porque produce temor, inquietud, asombro. Y, un pueblo sin futuro, está condenado a repetir los errores del pasado y del presente. Nos quedó claro que el prestigio personal, la seguridad, la paciencia histórica son para los costarricenses el factor del presente y que en las mentes de las mayorías el Factor Futuro no existe porque produce temor, inquietud, asombro. |


